En mi post anterior, te contaba un poco como ha sido mi caminar durante los últimos 5 años, dentro de este mundo del “postureo” en redes sociales.

No te voy a mentir, mantenerme auténtica no me ha resultado tarea fácil. De hecho, ser auténticos es una de las tareas más difíciles, no porque en sí lo sea, no. Se complica cuando nuestras heridas y miedos se entrometen en lo que queremos conseguir en esta vida.

Cuando le preguntas a la gente ¿qué quieres en esta vida?, la mayoría te responde que ser feliz…¡ay amigo! pero, ¿qué es la felicidad?, nada más difícil de definir, pues, al igual que la belleza, depende de los ojos que la observan y la definen. Osea, que no es lo mismo para todo el mundo, pues para cada quien contiene ingredientes diferentes, es más, para una misma persona esos ingredientes irán cambiando con las experiencias de la vida.

 

 

El otro día en una conversación con alguien muy especial para mi, me decía que haber nacido físicamente hermosa no había hecho su vida más fácil. Había sufrido bullying por mujeres toda su vida, y muchos hombres la habían “usado” como trofeo para subir su autoestima. No es la primera vez que oigo estas experiencias. Pero es que, además, esta persona brilla como ser humano como un lucero en la noche :).

Como decía Platón – No hay persona mas odiada que la que dice la verdad- o, como en este caso, la que es verdad. 

La autenticidad es una de las cualidades más apreciadas y, a la vez, más rechazadas en un ser humano. Siempre digo que no nos educan en autenticidad, en abrazar nuestra esencia, en no renunciar a ella jamás.

Cada vez que no nos trabajamos las heridas, nos mentimos. 

Y no solemos indagar demasiado en la razón íntima por la que hacemos, decimos, pensamos o sentimos de una manera ante determinadas experiencias. Para mi, eso es el todo de la vida, ¿para qué me pasa esto? (pregunta directa a la función de la experiencia) o ¿porqué siento esto? (pregunta directa al orígen de la emoción), ambas importantes.

 

Si realizásemos un escáner emocional a diario, al igual que realizamos un proceso de higiene diaria, tendríamos una base de datos sobre nosotros mismos, muchísimo más atinada que la actual, seguro. Y con esa información, podríamos proporcionarnos a nosotros mismos experiencias potenciadoras y también, evitarnos aquellas que sabemos nos castran y limitan.

 

Miento porque existo

 

Nos mentimos para protegernos. Si nos guiasen desde niños a valorar las heridas como lo que son, joyas de aprendizaje, estaríamos entrenadas y entrenados en contemplarlas, y acompañarlas a sanar. Nos conoceríamos a través de nuestras heridas, pues son éstas las que aportan luz a nuestras vidas. La resolución de un conflicto, nos aporta autoestima, pues modifica positivamente la auto imagen nuestra. El rechazo a afrontar un conflicto aumenta la falta de autoestima, pues refuerza la auto imagen negativa que ya tenemos.

 

Por lo tanto, cuando no queremos o no sabemos afrontar las emociones que sentimos ante una experiencia…empezamos a mentirnos con la intención de anestesiar eso que sentimos, y diluir esa imagen que vemos de nosotros.

Mentimos para construir una imagen externa de aquello que queremos ser, en lugar de trabajarnos internamente para ser lo que queremos.

 

 

Cuando una herida sana deja una cicatriz en nuestro mapa que nos define y construye. Y con esa cicatriz, desaparece nuestra necesidad de mentir para protegernos de no sentir, pues ya hemos integrado que el sentir es, precisamente, lo que nos lleva a sanar y mejorar la persona que somos. Nos volvemos más auténticos. Las capas de mentira se van disolviendo, y soltamos la necesidad de proyectar nuestras sombras en los demás, porque asumimos la responsabilidad.

 La transformación siempre ha dependido de mi capacidad para contarme la verdad.

 LIFE COACH